El vendedor de destinos
Era una tienda sin nombre, con mapas antiguos desdibujados y relojes sin manecillas. Quienes encontraban el lugar lo hacían en el momento en que más lo necesitaban. Detrás del mostrador, su dueño, llamado García esperaba a sus clientes con una pila de contratos sobre una mesa.
-Bienvenida -saludó-. ¿Hacia qué vida desea viajar?
La mujer repasó las opciones: un nuevo comienzo, la vida perdida, el talento soñado. ¿Y si pudiera empezar de cero?
-Al firma, su memora anterior desaparecerá -explicó García-. Será como si siempre hubiera sido quien elija ser.
Dudó. Pensó en sus errores, sus traiciones, sus relaciones rotas. Extendió la mano hacia el contrato que prometía éxito, pero antes de firmar, preguntó:
-¿Y usted?¿Ha viajado a otra vida?
García sonrió.
-Nunca elegí otro destino. Solo los vendo.
Cuando la tinta se secó, la mujer esperó un cambio, un destello, un vértigo. Nada ocurrió.
-¿Qué sucede? -inquirió inquieta.
García señaló la última cláusula: "Al firmar, renueva su destino. No hay escapatoria" -sentenció mefistofélico García.
Aterrada, la mujer intentó deshacer su elección pero el local comenzó a desvanecerse. Despertó en su cama, en su misma vida. Nada había cambiado. O quizá, sí: ahora sabía que jamás podría escapar.