Oscuridad 
compartida

Un gato de pelaje negro y ojos verdes se movía libremente  por los callejones olvidados, invisible para el mundo humano, pero no para las sombras que lo acompañaban, susurrando en el silencio, cerrando el espacio entre él y los muros, guardianes de futuros sucesos.

Esa noche, las luces de un coche se proyectaron como cuchillas sobre el asfalto húmedo y el lomo del gato. El impacto fue inevitable. En ese instante, las sombras se movieron veloces, reptando hacia él como depredadoras hambrientas.

El aire se llenó de frío proveniente de otro mundo. Las sombras lo envolvieron,  no con la delicadeza de compañeras fieles, sino con la voracidad de expertas cazadoras. El pelaje del minino desapareció bajo una negrura espesa y su cuerpo se disolvió en la oscuridad. Ya no era un gato; ahora era parte de ellas, de las sombras, una figura espectral que se retorcía en las esquinas, entre portales.

Las luces de la ciudad jamás iluminarán su pelaje negro de nuevo. Allí donde las sombras se amontonan, él acecha, un vestigio de vida atrapado en un abrazo oscuro.

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